El juguete del diablo
Se le podría definir como un hombre sensatamente feliz, uno de esos tantos que pululan por las calles de la ciudad a cualquier hora del día, sin ambiciones estrambóticas, sin deseos imposibles, sin sueños de eternidad, - un hombre vulgar -, con su trabajo de nueve a ocho, su mujer, sus amigos, sus dos perros, su casa hipotecada, sus aficiones de fin de semana, y la tranquilidad de su ego, -alguien anónimo-, ajeno a las elucubraciones del mundo del poder y del dinero, de la fama y del aplauso, hasta que un día, un aciago día de un mes cualquiera, quiso el destino que la fatalidad se cruzase en su camino, aunque él no la vio como tal.
La fatalidad se movía haciendo "frus, frus" , "frus, frus", tañendo el roce de sus trapos contra su cuerpo. Percibió su sonido antes de verla, al doblar la esquina, -allá estaba ella-, una gruesa y vieja fatalidad. Se le presentaba vestida con toscos ropajes y agrias intenciones, que se reflejaban en impedirle continuar su camino. Se le plantó en medio sin mediar palabra y le asió la mano que llevaba libre, la izquierda, - en la derecha portaba un portafolios negro -, notó entonces tres sensaciones, primero su cuerpo se congeló al contacto con aquella mano helada, luego el olor fétido a alcantarillas le sobrecogió y por último y por ende más extraño, curiosamente extraño, un áurea de paz le invadió como si le envolviese en una pompa de jabón y le aislase del resto del mundo.
Miró a aquella mujer con ojos de gato curioso, era esperpéntica, casi grotesca, como salida de la casa de los horrores del recinto ferial, pero sus ojos eran limpios, hermosos, hipnotizadores, incluso podría afirmar que eran los ojos más hermosos que había visto nunca, pero aquel espejismo tan sólo permaneció en él un instante perdido, pues la burbuja de jabón envolvente de quietud y avenencia que le arropó durante un segundo, un breve y escuálido segundo, le estalló en la cara, la paz y la hermosura se dilapidaron como el dinero en un casino, en un abrir y cerrar de ojos, literalmente en un parpadeo, su grata sorpresa de observación de aquellos valores positivos desapareció al pestañear, en esa ráfaga imperceptible de sus párpados al bajar y subir, se esfumó la belleza y se enfrentó a la cruda realidad.
- "Puedo ver en las rayas de su mano que la desdicha le acecha … "
Fueron las palabras que escuchó, las que le devolvieron por completo a la realidad, tras el olor nauseabundo de su aliento, sus dientes grandes y amarillos, y un rictus de falsedad y engaño en la cara curtida y arrugada de aquella echadora de cartas. Se dejó hacer.
Había pasado del miedo a la sorpresa y de ésta a la gracia, ahora le divertía el aspecto y las supuestas mentiras de aquella timadora, dejaría que hablara, se dejaría engatusar, escucharía todos los bolos, la dejaría explayarse, quería ver hasta donde llegaría con su superchería
- ".… Y la dicha es su compañera, yo le ofrezco la buenaventura a cambio de poco, a cambio de nada, caballero, déjeme que le lea la mano por unas monedas, por una monedas le otorgo la gracia de un dulce destino, de mi saber, de mi poder, le leo la buenaventura, gentil señor, a cambio de una monedas, la buenaventura, caballero".
Y él se lo permitió, la dejo hablar. Sentía cierto asco de aquella mano gruesa de uñas negras tocando la suya, pero sus risas interiores superaban aquello. ¡ Se estaba divirtiendo tanto ¡ . Siempre fue un escéptico, más incluso, un furioso defensor de lo real, rechazaba toda clase de mentiras y fabulaciones de aquel tipo con acérrimo vigor. Se reía por dentro con todas sus fuerzas de aquella vieja zíngara, gozaba con aquella estrambótica actuación tantas veces,- supuso- , tantas veces ensayada ante ingenuos turistas, ante inocentes víctimas, pero la dejaba hacer. Le intrigaba y le divertía.
Cuando terminó su soliloquio, plagado de parabienes, de dones, lleno de placenteras palabras y un futuro halagador pleno de dichas para él y para su familia, para toda su gente, lleno de prosperidad y de fortuna, palabras que adularían cualquier oído humano, menos el de un prevenido y avisado descreído como él, la mujer le soltó la mano y se la presentó en actitud pedigüeña, reclamando su óbolo, el pago de su trabajo, las monedas pactadas de antemano, pero él estalló en carcajadas ante el rostro envejecido y lleno de sorpresa de la vieja quiromante, sus risas internas se le salieron del cuerpo, ya no pudo contenerse más, exteriorizó su sarcasmo, su ironía, y se burló ante sus propias narices, le restregó su propia medicina engatusadora y con un empujón malicioso y mal intencionado, la apartó de su camino. A pesar de su gordura, la mujer tambaleo, desequilibrándose y tropezando con sus propios pies, cayó al suelo. El hombre continuó su camino dejando las carcajadas tras de sí, más fuertes aun al contemplar la estrepitosa caída de aquella mujer contra los adoquines de la calzada.
- "Qué el diablo se te lleve poco a poco …"
Fue lo que escuchó mientras se alejaba riendo aún, …"Qué el diablo se te lleve poco a poco, poco a poco", - a poco , cooo… - , el eco se fue alejando con sus pasos, se hizo nada, se hizo olvido.
Cuando llegó a casa, le contó lo acaecido a su mujer, como si de una anécdota se tratara y en los días siguientes aquello se le borró de su mente, cual si no hubiese existido.
Aquella noche mientras dormitaba en un duermevela arrítmico, una mano golpeó su frente, como si un espectro llamara a la puerta de su casa, y la casa fuese su propio cuerpo y la frente la puerta de entrada a la misma. Aquello le despertó, y al despertar sintió el cuerpo sensual de su mujer a su lado y notó que algo se distendía en su entrepierna. La blancura del brazo desnudo de ella reposaba sobre su frente. Su primera reacción fue maldecirla por despertarle, por haberle propinado un manotazo mientras ambos dormían, inconscientemente, pero pasado su primer enfado, le dio un beso dulce, invisible y con su mano derecha se propuso, muy suavemente, apartarle la mano que descansaba de forma plácida sobre su cara, por encima de sus ojos, sin despertarla, pero no pudo, aun adormecido, instintivamente, apartó el brazo de su mujer de su rostro con la otra mano, con la mano izquierda, y una vez libre de aquella molestia, fue cuando reparó en ello, se llevó la mano a la boca para no gritar, para no despertar a su acompañante.
¡ Le faltaba la mano derecha ¡
El final del brazo era un muñón romo, cicatrizado, cauterizado ¡No era posible! ¡Vaya sueño más irreal! Así pues que lo ignoró, lo pasó por alto, no era cierto, y cayó de nuevo bajo los efectos del sopor, y soñó que acariciaba muy suavemente con sus dos manos el cuerpo desnudo de una mujer, una mujer extraña que dormitaba boca abajo, una mujer a quien no podía contemplar su rostro, un cuerpo de mujer que masajeaba desde el glúteo hasta el cuello, un cuerpo terso y blando, esponjoso y cálido, en un vaivén de ida y vuelta, mientras la izquierda acariciaba el cuello, la derecha manoseaba las partes nobles del final de la espalda, y ambas, luego, al unísono, se iban desplazando, la una hacía el encuentro de la otro, como atraídas por un imán, hacia la mitad de su ser. Cuando los dedos de ambas manos se rozaron, sintió un pinchazo que lo despertó, su mente aun volaba sobre sus propias manos acariciando una espalda de mujer y sus ojos las buscaron para contemplarlas, como quien observa a los vencederos y agraciados, a los afortunados. Al mirarlas, se sobresaltó de estupor.
¡ No tenía manos!
En su lugar, había dos muñones inmundos, inútiles, inservibles. No daba crédito a nada.
En silencio, izose sobre sus pies, escurriéndose hacia atrás, hacia la almohada y se sentó sobre su lado de la cama, apoyando su espalda en el cabezero de madera y desde aquella postura observó a su mujer, dormitando en el otro lado, permaneció allá unos minutos y a continuación, muy despacio, sin hacer ruido, se levantó, se dirigió al aseo, encendió la luz del cuarto de baño con el codo y se miró al espejo.
Era tan cierto como que era de noche. ¡Le faltaban las dos manos! .
Si aquello no fuese tan increíblemente irreal, se hubiese puesto a gritar, pero no le dolía nada, no tenía sangre, no estaba loco, estaba cansado, terriblemente cansado, era de noche, tenía mucho sueño y ya había padecido alguna alucinación como aquella, aunque no tan real. Se dijo que mañana vería las cosas de otro modo, no era necesario alarmar a nadie, aquello pasaría y al día siguiente se reiría de su absurdidad, así pues, regresó a la cama, se tumbó al lado de su mujer y se relajó.
Soñó entonces con una extraña que le esperaba en el andén de una estación, con un abrigo largo hasta los pies, desabrochado, y soñó que sus brazos abrazaban aquel cuerpo por dentro del abrigo, en un abrazo de oso, enérgico y atrevido, largo y tendido, y su cuerpo sentía unas formas redondeadas y blandas, carnales, apretándose contra él, lo sentía a través del jersey de lana, sedoso y aterciopelado de aquella desconocida, sus voluptuosas formas curvilíneas ajustadas a su pecho, latiendo a su lado, mientras sus brazos apretaban aquel cuerpo con vehemencia y deseo, lo sentía suyo, lo hacía propio, se negaba a cederlo, a devolverlo a su propietaria, se negó hasta que una niebla blanca les envolvió, y ella desapareció, se esfumó de entre sus brazos como por encanto, entre la niebla, la misma niebla que le transportó a la oscuridad de su habitación, le depositó en la cama y entre penumbras y sombras, se fue retirando lentamente, se retiraba subiendo desde los pies de la cama, subiendo parsimoniosamente, hasta llegar a sus brazos, aquellos que habían abrazado a la mujer extraña de su sueño, y vio como la niebla se los iba llevando, a la par que la blanca cortina de humo se retiraba, sus brazos la acompañaban, fagocitados, depredados, desaparecían, sin dolor, la niebla se los robaba, trocito a trocito, como desaparece la tinta del interior de una pluma que no deja de garabatear sobre un papel en blanco.
Otro sueño, ya no hay duda.
Tan real, sin embargo.
Se quedó sin brazos, sus extremidades superiores desaparecieron de un plumazo, se fueron sin más, sin dolor, inequívocamente erróneas.
Su mujer se rebulló en el lecho.
Descartó la idea de levantarse de nuevo a contemplar su imagen en el espejo, descartó la idea de despertar a su mujer, era todo tan absurdo que era imposible que fuese cierto y se quedó dormido, no sin antes reparar en la sensualidad de aquella extraña de su sueño.
Notó un hormigueo en su pie, como si mil hormigas corrieran por encima, y al despertar, el muslo de su mujer se aposentaba sobre el suyo, semidesnudo, excitante, incluso gracioso, y de nuevo sintió algo que se despertaba en su entrepierna, ella dormía, se zafó de aquella pierna de mujer tantas veces acariciada y al hacerlo …
¡Sus pies habían desaparecido!
… - Perfecto -, se dijo tranquilo - , ya no tengo que poner una excusa para no ir al aseo, simplemente no puedo hacerlo, sin pies, no podré levantarme, y se postró de nuevo en un trance onírico, soñó que paseaba por un verde edén con una mujer extraña, rozando sus cuerpos, sus caderas, bajo un concierto de trinos de gorriones y un dulzón olor a un mar de hierba, andaban grácilmente, sin prisa, sin destino, sólo caminando con sus pies hasta donde el camino les llevase, juntos por siempre, para siempre, eternamente, pero la dicha es efímera, llega tan sólo hasta donde el camino existe, hasta que el camino se troca en precipicio y la luz ambarina en oscuridad, el olor dulce se transmuta en pestilente y los trinos en graznidos, graznidos que en algarabía, llegando a sus oídos desde la calle, le despertaron.
La luz del día se empezó a filtrar por entre las cortinas y fue subiendo desde los pies de la cama, y cual hiciese la niebla, la sombra se fue llevando sus piernas, lentamente, mientras la sombra huía de la luz del amanecer, se llevaba consigo, diluyéndolo en la nada, sus extremidades inferiores, sus piernas y sus atléticos muslos fueron eclipsándose hacia el vacío ante su incrédula mirada, no sentía nada, ningún dolor físico, como si estuviese sedado, anestesiado bajo los efectos del cloroformo en un quirófano donde un cirujano fuese diluyendo en ácido clorhídrico sus apéndices andadores y el fuese un observador pasivo.
Su esposa, a su lado, gimoteó dormida, suspiró como si soñase un sueño erótico.
Fue entonces cuando recordó las palabras de la vieja… ¡Qué el diablo se te lleve poco a poco!, ¡Poco a poco!.
Si no fuese por lo absurdo de la situación, se habría muerto de miedo.
De nuevo aquella extraña se le apareció nítida en el andén de la estación, la niebla la había regresado, y ahora, en su abrazo infinito de dos desconocidos, le susurraba palabras de amor y de deseo en sus oídos, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, se lo estiraba suavemente, se lo comía a mordiscos, le hacía cosquillas con su lengua dentro, le besaba, le susurraba frases indecentes que le llegaban al alma, que le ponían los pelos de punta, oía notas de violín, bellas melodías, sonidos diáfanos, claros y …
… ¿Dónde había ido la algarabía mañanera de los pájaros?. Dejó de oírla, dejó de oír las notas del violín, la voz cálida de la desconocida y lo último que oyó fue un "frus,frus", el sonido de los ropajes de una zíngara maldita, y después de eso, nada, absolutamente nada.
No, no era posible.
¡Ya no escuchaba nada!
El silencio más atronador que jamás sintiese le envolvía, ni un ruido, ni un murmullo, ni tan siquiera escuchaba el siseo de la respiración de su mujer en la cama.
¡Había ensordecido!
Fue entonces cuando empezaron sus primeros síntomas de nerviosismo, eran como esa brisa matinal que precede al huracán devastador que aun no se presiente, pero que ha nacido ya en la lejanía, y que no asusta por tanto, sino todo lo contrario, que refresca el ambiente y te llena de calma, esa benefactora brisa húmeda del verano que refresca, como esa brisa era la ausencia de ruidos, el sosiego, ofreciéndole la paz que el girigaray de trinos no le otorgaban el resto de días, pero su intuición le decía que la tormenta estaba por llegar a puerto.
Le llegó el olor de su pelo a través de la puerta abierta de la habitación, el olor a champú de hierbas flotaba en toda la estancia, aquella extraña se había colado en su casa, ya no la sentía en el andén de la estación envuelto en nieblas, sino en su propia casa, notó el aroma artificial de las esencias, embriagando el dormitorio. La vio entrar por la puerta, meneando sus caderas, acercándose a la cama, la vio sentarse a su lado, acercar su cuello a su cara, ofrecerle el exótico y embrujador perfume de su colonia y el aroma, - el olor a vainilla de su piel-, de su piel recién enjabonada.
En esta ocasión se sintió culpable, la desconocida mujer de sus sueños estaba allí, con él, en su propia cama, la culpa y el miedo le hicieron girarse y contemplar del otro lado el cuerpo no menos sensual de su mujer, que plácidamente dormitaba, y ello hizo que con su pecado expiado, al girarse de nuevo, la extraña mujer se fuese desvaneciendo paulatinamente, al igual que sus perfumes, que se fueron agriando, degradando, transformándose en un intenso olor acre a sudor que le recordó aquel de la vieja y la volvió a evocar, a sus palabras malditas … ¡Qué el diablo se te lleve poco a poco! . Cuando desapareció aquella impronta, aquel recuerdo nefasto, aquellas palabras premonitorias y agoreras de su sueño, cuando hubo desaparecido, reparó en que toda sensación olfativa, a su vez, también lo había hecho, había desaparecido de si.
Sus ojos bizquearon para verlo, pero su nariz ya no estaba.
Sintió un escalofrío, - se le pasó pronto al notar el cuerpo tibio de su mujer junto al suyo-, y se quedó dormido, poco tiempo, fue un cerrar de ojos tan sólo, como si aquella bella y extraña mujer no se hubiese ido de la habitación, sino tan sólo se hubiese llevado su aroma. Ahora estaba encima de la cama, a su lado, besándole muy tiernamente, con unos labios carnales, húmedos y cálidos rozando los suyos, juntándose, besuqueándolos, compartiendo humedades, una serpiente de placer colándose entre sus dientes, mojando sus labios, entrechocando sus lenguas en una batalla de gozo, mojadas por una lluvia espumosa y burbujeante, ensalivada, tierna, sensitiva, llena de un ardor exquisito, era un éxtasis que quería continuar en el tiempo, no acabarlo, seguir hasta el infinito, multiplicarlo, y sin embargo, cuando aquella extraña separó sus labios de su boca, dejó de sentirla, de sentir sus propios labios y su propia boca, alguien se la había llevado, se la había llevado como se habían llevado sus oídos y sus orejas, con su sentido auditivo y su nariz, y con ella el sentido del olfato, pero ya no le importaba demasiado, el sueño continuaba, seguía allí, esta vez no se había marchado, no la podía oler, ni oía los latidos de sus jadeos, ni el tacto de sus labios, pero ella se fue desnudando, botón a botón, su camisa se fue abriendo, y un torso genuino y sensual le dejó entrever unos blancos senos guardados tras un sujetador de encaje finamente bordado.
Las manos de ellas palparon su estómago, subieron por su abdomen y masajearon su tórax, sus costillas sintieron el roce de su piel, de aquellas cálidas manos, y sintió como se introducían dentro del pantalón de su pijama, y al sentirlas allá adentro, notó como el tejido de algodón se iba deshinchando como un globo que pierde aire, sus caderas iban desapareciendo, sus glúteos se iban deshaciendo entre las manos de aquella extraña como hojarasca seca, como azucarillo en el café, como si sus manos fueran un hierro al rojo puesto sobre hielo, deshaciéndolo, derritiéndolo, chupándole la savia como los pulgones a los rosales y sin embargo sentía placer, y siguió sintiéndolo incluso cuando vio que su pantalón no era más que un globo desinflado sin contenido, -sus caderas y glúteos habían dejado de ser, de existir-, siguió sintiéndolo porque las delicadas manos de aquella mujer, trepaban por su vientre, desde su ingle, e iban dejando tras de si el vacío más negro que nunca viese. Tenía ante sus ojos a la mejor prestidigitadora del mundo, la mejor maga, la reina de la brujas que hace desaparecer todo bajo el embrujo de sus manos, las cuales iban trepando, trepando, trepando hacia su corazón, hacia su alma, dejando a su paso una senda de desolación y ruinas, su propio cuerpo deshecho, perdido, destrozado, inexistente.
Le miraba el rostro, - bello, resplandeciente, juvenil -, sus senos semiocultos en la tela, - deseables, sensuales-, su piel desnuda y sus manos dotadas de magia que le iban devorando poco a poco, aquellas manos que iban comiéndoselo, gateando por su ser, hasta que tropezaron con los huesos de sus costillas, allá donde se detuvieron, como si una fuerza invisible las parase, las obligasen a retroceder. Retroceder ante la caja de su alma. El tórax era el arcón donde él guardaba su última esperanza de salvación, su inmaculado corazón, y al detenerse ella, al dejar de acariciarle, él dejó de sentir, tomó consciencia de aquel sueño y le entró temor. Ahora empezaba a sentir realmente miedo. Asustado, quiso gritar, pero no tenía boca, quiso despertar a su mujer, llamar su atención de algún modo, pero no tenía brazos, ni piernas, ni manos, ni pies, y un sentimiento nuevo empezó a aflorar: "¡El remordimiento!".
Comenzó a arrepentirse de haber actuado así ante aquella vieja y gorda zarrapastrosa que le leyó la mano, … ¡Qué el diablo se te lleve poco a poco, poco a poco!…, su mal de ojo, su profecía, su juramento, no importaba el nombre que le diera, se iba cumpliendo, el diablo se lo iba llevando poco a poco, primero las manos, los brazos, los pies, las piernas, los oidos, ..., sin embargo, no se dejó llevar por el pánico, aun no estaba esquizofrénico, era un sueño, una absurda pesadilla que acabaría pronto, así que desterraría el espanto y se quedaría tan sólo con aquel sensual ser, gozaría con él, libre de pesadillas, y como era su sueño, se le antojó que ahora se le mostrara con el torso completamente desnudo, libre de las ataduras de las telas envolventes y primorosamente bordadas que los amortajaban e impedían su libertad, libre de aquel engorroso y bello sujetador, y como su antojo se hizo real, una vez libres, sus ojos contemplaban extasiados aquellos senos redondos y espigados, florecidos, tenuemente bamboleantes como un flan de huevo y leche, y deseó tocarlos, pero no tenía manos, maldijo la maldición de la vieja por primera vez, pero la desconocida intuyó sus deseos oníricos y recostándose sobre él, tumbándose encima, rozó con su busto la porción de su cuerpo aun material, y él los notó sobre su pecho, aplastados contra su corazón, notando la dureza de sus pezones, cual una princesa un guisante debajo de cien colchones, y notó como sus costillas se iba fundiendo, como la mantequilla en la sartén, a la vez que unas manos acariciaban sus cabellos que se iban fundiendo a negro, desapareciendo, consumiéndose como lo hacía su propia cavidad torácica, como se funde el hielo de las montañas en primavera, y siguió notando el éxtasis, un placer pleno que le llegaba y horadaba el cerebro, hasta llegar a rozar el orgasmo, lo siguió notando, a punto de reventar, de llegar al clímax, de abandonarse por entero, mas justo en ese límite sin retorno, justo en ese límite predecesor de los fuegos artificiales, del orgasmo en sentido puro, una extraña sensación lo invadió, un cosquilleo en la nuca revirtió el proceso, era el regreso, sin alcanzar la cima, la decepción, la retirada sin el premio final, la total frustración sin lograr la cota siempre deseada, sin el deseo cumplido , éste fue demoliéndose poco a poco, a decaer, lenta, pero irremediablemente, su cerebro también había caído derrotado, todas sus neuronas sensitivas dejaron de hacer sinapsis.
Bajo el masaje cálido de su manos, dejó de sentir tensión, dejó de sentir pasión, miró aquel cuerpo de la extraña con casi indiferencia, sin deseo, con ojos sin sed ni hambre, sin afán, neutros, sin apetito carnal. Con aquellos ojos ya inútiles, la vio sentada a horcajadas junto a la cama, allá donde no queda rastro alguno de él, sin resto alguno de su propio cuerpo, todo desvanecido, ido, perdido en la nada, y al lado de ella, de la desconocida, tan sólo podía intuir una mancha roja sobre las sábanas, aún palpitante y latiendo, imputrefacta, incorrupta, el corazón. El corazón era el único vestigio de su presencia humana sobre aquella cama, el corazón y sus ojos, y dejó de sentir poco a poco, dejó de sentir con su cerebro que se carcomía desde la nuca hacia una cara despojada de todo. Sin cerebro, sin sus recuerdos, sin su mente ya no podía pensar, ya no podía sentir, tan sólo unos ojos miraban sin pasión, y al alzarlos la vio en todo su esplendor, notó los ojos de las extraña mirando los suyos, era la misma sensación en ellos que notó durante el encuentro con la zíngara, eran aquellos ojos, y a pesar de no sentir apenas nada, aquello le estremeció, y notó una punzada en el alma.
Vio aproximarse aquellos senos dorados a sus ojos, los vio, y vio como cada uno de aquellos agrestes pezones de fresas se le introducían por ellos, sin hacerle daño, sin notar nada, un ligero sueño tan sólo, un sueño del que despertó bruscamente, ahora ya no era él, era un leve y tenue vapor de humo que iba ascendiendo desde aquella mancha roja sobre la sábana, lo único que quedaba de él, su corazón, se iba elevando, flotando, como mil mariposas blancas ascendiendo hacia la inmensidad, evaporándose.
Ahora sentía, sentía con el corazón, sentía que se le escapaba la vida a borbotones, sentía hervir la sangre dentro de un pecho inexistente, y notó a su mujer ronroneando como un gatito sobre la cama, y notó a la extraña desnudándose de cintura hacia abajo, desprendiéndose de sus pantalones, mostrando sus bellos muslos, sus lacias piernas, sus lindos pies, desprendiéndose de su diminuto tanga y vislumbrando su sexo, perfecto, generoso, apetecible, pero ahora, al sentir con tan sólo el corazón, con aquel corazón que se evaporaba, aquello le dolía, se sentía culpable de sentir aquel deseo carnal sobre una extraña desconocida.
Desde lo alto lo contempló, se había equivocado, totalmente equivocado, no era el corazón el único órgano suyo que permanecía todavía en forma material sobre la cama, lo vio cuando ella introdujo su mano en el arrugado y no tan vacío pantalón del pijama. Su tienda de campaña, su accidente geográfico, –como él los llamaba- yacía allí desplegado, entero, enhiesto, expandido en todo su esplendor, magníficamente dilatado y dotado, observó desde las alturas como la extraña y excitante mujer jugueteaba con su órgano viril mientras él ya no estaba allí, pues él era humo, era sangre hervida, era corazón lacerado que se evapora hacia el infinito, y no sentía nada, no sentía, no tenía pensamiento, no era dueño ya de aquel instrumento que ahora ella sostenía junto a su cuerpo, y que sin embargo, había formado parte muy íntima de él, pero ya no, ya no, y un eco resonaba en su ente abstracto … ¡Qué el diablo se te lleve poco a poco! , ahora el diablo se lo había llevado entero, poco a poco, hasta completar su obra, y ella, -tal vez fuese ella el propio diablo-, jugueteaba con la única parte noble de su cuerpo, allá abajo, sobre su cama, pero él ya no estaba, el diablo había sabido escoger su juguete, el juguete del diablo, e indiferente e inapetente, contempló el erótico juego masturbatorio de aquella mujer, plena de desnudez, con su juguete de placer sobre su cuerpo bellamente formado …
… Despertó tiritando, todavía con aquella sensación de irrealidad reflejada en su rostro, le costó recuperar la realidad de su habitación, le costó rechazar aquella pesadilla que no sabía si tratarla de horror ó de puro erotismo sexual, le costó hasta que sintió a su mujer a su lado, y sintió la mano de ella acariciando su sexo, su pene, agitándolo, meneándolo con suavidad, excitándole y de nuevo, por un momento, creyó estar en la pesadilla, creyó ver a la extraña, completamente desnuda, jugando con su sexo, pero ahora sintiéndolo, no siendo humo, no siendo ente externo, no siendo sangre en ebullición de su alocado corazón. Le costó rechazar la idea aun palpitante de aquel sueño, de aquella pesadilla, le costó rechazar la sensación ambigua que le decía que no era la extraña mujer desconocida la que le acariciaba, sino su propia mujer, como si aun siguiera en él, pues aun tenía en su recuerdo los ojos de aquella mujer, pero los de su esposa eran también muy hermosos, no podrían compararse con los de aquel recuerdo, pero eran muy atractivos, y cuando logró zafarse por completo de aquella sensación y noto que tan sólo era real la mujer que ahora le besaba, su esposa, la deseo como nunca había deseado a una mujer, ambos se desnudaron alocadamente, de forma apresurada e hicieron el amor de forma salvaje, apasionada, con ganas, con un deseo nuevo, como si fuese la primera vez que lo hacían el uno con el otro, con genio, con denuedo, con las ansias de lo prohibido, con la magia de los cuentos, y sin embargo …
… sin embargo, desde una inabarcable altura, y siendo un imperceptible vapor sanguíneo de humo que se elevaba desde la cama, alejándose, volatilizándose desde un corazón amargo, alguien, un ente hecho vapor, contemplaba impotente y horrorizado bajo los ojos de aquella nube, a un ser horrendo y deforme, diabólico, lujurioso y sátiro, aquel que vestido de extraña mujer de insondable belleza le había seducido en sus sueños hasta hacerlo desaparecer, hacerlo humo…¡Qué el diablo se te lleve poco a poco¡ …, ahora había ocupado su puesto en la cama, se había convertido en él, robándole su forma, apoderado de su cuerpo, adueñado de su mente, e incluso, lo que más le dolía, dueño de su propio órgano genital, el juguete del diablo, lo único ciertamente incorrupto y no su etéreo corazón, no su alma desdibujada , y ahora aquel extraño individuo, ó aquella mujer que le sedujo, ó el diablo mismo, ó acaso fuese la zíngara, ya que no sabía quien realmente era el que ocupaba su puesto, tal vez la misma cosa con apariencia distinta, pero no él, no él, no era él quien ahora yacía haciendo el amor con aquella otra mujer verdadera de carne y hueso, su propia mujer.
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